4 de febrero de 1888

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Me quedo con esa fecha. Con el 4 de febrero de 1888, el “Año de los tiros”, en Riotino, Huelva, muy cerca de mi ciudad natal, Valverde del Camino. De todo el texto leído en “El corazón de la Tierra“, de Juan Cobos Wilkins, me quedo con ese dato, fecha de la primera manifestación ecologista de nuestros país. Una protesta en contra de la lluvia ácida en forma de humo producida por la quema de minerales en la mina, que arruinaba cosechas y campos. Las famosas teleras. La última no se apagó hasta 1901.

A mi entender, en general es un libro con poco ritmo. Se detiene demasiado en pasajes nimios, como cualquier periodista, empeñado en tallar la palabra para que todos los lectores entiendan exactamente lo que él les quiere decir. Y luego no ahonda, no bucea en lo más interesante. Me he rendido cuando ha contado la orden de disparo del comandante Pavía en la plaza del Ayuntamiento de Riotinto. Las tres ráfagas que ordenó. Ha logrado quebrarme el ánimo. Pero ha pasado rápido, muy rápido, sin posibilidad de paladearlo.

Pobre gente, pobres mineros. Lástima que el hijo de la madre de Blanca Bosco -quien lo cuenta todo,- el hijo del “anarquista” que arengó a la masa a manifestarse, no superara la dificultad respiratoria y muriera a los pocos meses de nacer. Puedo imaginármelo blandiendo la bandera de su padre y llevando más derechos a los bolsillos de los mineros.

El otro día discutía con Ezequiel Martínez, director del programa “Tierra y Mar” que emite semanalmente Canal Sur, sobre la carga policial a los agricultores en Almería y a los pescadores en Sevilla a propósito de la crisis del combustible y las protestas por el crecimiento imparable del precio del gasóil.

En su despedida, en el programa que contaba todo eso, llevaba escondida una reprimenda a las autoridades y al procedimiento, que acabó con rostros ensangrentados y imágenes de sesentones padres de familia con la mejilla hundida sobre el capó de un coche mientras eran esposados.

Le aduje que la policía había sido provocada con una paliza que propinaron a uno de los agentes antidisturbios y que se había visto obligada a cargar. Hoy, pensándolo bien, me retracto. Nunca debió cargar. Los pescadores y agricultores no tienen recursos para sostener esta escalada continua de precios. Y protestaban, con argumentos. Me intoxicó la información gubernamental parcial, lo reconozco. Nunca debió el comandante Pavía disparar a la multitud desarmada, una multitud con niños. Un despropósito.

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