La defensa del alma

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Nos da pereza sentarnos a pensar; sentimos perder el tiempo, el bien más valioso del siglo en el Primer Mundo. Volvemos la espalda y apartamos la vista ante problemas y dificultades ajenas continuamente ocurriendo en derredor nuestro. Somos ególatras inmunizados, ciegos de poder; sordos de soberbia; mudos de prepotencia.

No nos sorprende el centenar de muertos diarios en Iraq. En absoluto ¡Son tantos y tantas veces! No nos sobrecoge el fallecimiento de miles de personas todos los años en la carretera ¡Para qué pensar! No nos estremece la muerte como repiqueteo incansable de niños por inanición en distintos puntos del planeta. No nos violentamos cuando la guerra se apodera de los países y los hombres se matan sin sentido. No nos preocupa si la gente muere de sed. Ni siquiera nos planteamos cómo pueden vivir algunos de esa forma. Porque duele. Y el ser humano es enemigo del dolor. De todos los tipos de dolores. Del dolor físico, por supuesto. Es el más fuerte. Pero también del dolor del alma. Ese es paciente, perseverante, incansable, cansino, opresor, despiadado, incomprensible, inesperado. Se resiste a desaparecer y es presa de nuestros propios miedos. Por eso tenemos permanentemente levantada alguna suerte de defensa numantina; a no ser que forjemos el escudo más impenetrable que sepamos; a no ser que levantemos la muralla defensiva más alta; a no ser que escondamos nuestras miserias en el fondo del cajón, allí donde nadie pueda encontrarlas.

Inconscientemente nos estamos defendiendo porque duele. Nos protegemos de las agresiones, del mismo modo que inconscientemente cerramos los ojos cuando algo se acerca; de la misma manera que ponemos las manos cuando vamos a caer. Pasa igual que con la muerte. El ser humano no está preparado, sus estructuras mentales no tienen ni la fuerza, ni la disposición ni las herramientas necesarias para administrar semejante momento. El hombre no puede estar permanentemente planteándoselo. Acabaría en un psiquiátrico. Aquél que lo hizo y se obsesionó vivió en el nihilismo más puro. Le pasó a nuestro ínclito Juan Ramón Jiménez, aterrado desde muy joven por el trance.

Y en ese meandro de nuestras deliberaciones nacen las religiones, los complejos psicológicos capaces de explicar el fin con argumentos y fundamentos fuera del mundo empírico. Y a muchos nos convencen. Te advierto que es mejor vivir así. Al menos es más cómodo. Como es también más cómodo vivir en nuestro mundo de opulencia levantando altos muros para no ver cuánta desgracia acontece fuera.

El filósofo francés Auguste Comete acuñó la palabra “altruisme” en 1851 y ésta fue adoptada luego por el castellano. Muchos lo consideran un sistema ético (en el que los únicos actos moralmente correctos son aquellos que intentan promover la felicidad de otros) algo extremo. Otros lo consideran un ideal.

Desde un puno de vista biológico, esta vez sí, desde una perspectiva científica, el altruismo es el patrón de comportamiento animal, en el cual un individuo pone en riesgo su vida para proteger y beneficiar a otros miembros del grupo. Un ser capaz de sacrificar incluso su propia supervivencia por proteger la de los demás.

Habría que bucear en varios metros de profundidad, buscar concienzudamente en el fuero interno del ser humano para encontrar valores y principios que obedezcan a dicha definición. Lo cierto es que lo hay. Es como el ADN. todos lo tenemos, aunque no podamos verlo, aunque no queramos reconocerlo, aunque no sepamos cómo manejarlo.

Habría que bucear para encontrar. A sabiendas que lo halles más fácil. Mírate dentro… Me miro dentro… ¡Uf, qué poco me gusta lo que veo, quizá no sea ni yo! Pero sigo buceando buscando el rincón de la esperanza del cambio. Yo ya me he comprado el equipo para sumergirme y ayudar a encontrar; y ayudar a ayudar ¿Y tú?

ARTÍCULO ESCRITO CON MOTIVO DEL 30 ANIVERSARIO DE APAMIS, ASOCIACIÓN ALTRUISTA DEDICADA POR ENTERO A LA AYUDA DE LOS MÁS DÉBILES

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